Asomado al balcón de la segunda planta de un edificio de corte modernista, con vistas a la Gran Vía madrileña, recordaba como fue el primer encuentro. Ella vestía un traje chaqueta falda gris y una blusa blanca que la daban un aspecto formal, como correspondía a una mujer casada, elegante y trabajadora en una empresa de prestigio, él, más informal, con sus vaqueros y una camisa a cuadros de Hilfiger, mantenía ese aspecto desenfadado con el que se encontraba tan a gusto y pregonaba su rebeldía a la tiránica corbata que lo asfixiaba diariamente.
Oculto tras su amplia sonrisa intentaba disimular el nerviosismo que por dentro lo comía, no sabía si ella aparecería….., pero... su corazón dio un vuelco cuándo unos golpes tímidos en la puerta, lo devolvieron a la realidad. Impaciente y veloz abrió la puerta y sin tiempo a reaccionar, sus labios se encontraron con ansiedad. ¡Cuánto tiempo había soñado ese instante! ¡Cuánto pasión ahorrada durante un largo matrimonio! Ahora estaban allí, sus manos se desnudaron con la misma avidez que un sediento bebe agua, ella, al principio un poco tensa terminó por rendirse al momento inevitable, ese momento que por sí sólo valía una eternidad, sus mejillas sonrosadas y sus aureolas a punto de estallar la delataban, y como había imaginado mil veces, tras esa imagen fría y distante, se ocultaba una mujer en plenitud de facultades, una mujer ansiosa de amar y ser amada, una mujer ardiente que por primera vez en su vida tenía la oportunidad de darse rienda suelta, sin tapujos, sin falsos prejuicios, allí desnuda y de pié junto a la ventana, se sentía libre de ataduras, libre de un marido que no sabía amarla, libre de aquella madre que durante años intentó educarla en un estricto colegio de monjas. Su respiración entrecortada dejó paso a unos pequeños gemidos cuándo mis labios bajaron lentamente y traspasaron la frontera marcada por una cesárea, una cicatriz que a diferencia de otras que la vida le había ido dejando, podía ser besada, acariciada y lamida en pos de un alivio vital, besaba esa herida y todas las demás, dándole a entender que sería él quién la cuidaría para el resto de sus días y saboreó su sexo, dulce como nunca había probado uno, un sabor dulce que aún mantenía en la memoria y que lo hacía estremecer cada vez que lo recordaba.
El vuelo de una paloma lo hizo volver a la realidad, ella ya no vendría más, ….él?…. tampoco, la habitación 206 se tornó lívida, sin lugar a dudas la más grande del hotel y que parecía dispuesta para parejas recién casadas, sus muebles antiguos y su decoración totalmente roja sangre, desde la moqueta hasta las cortinas gruesas de raso de seda y que antaño fueron testigos de todos sus encuentros, presentaban un aspecto ajado, habían perdido su vitalidad.
Asomado al balcón de la segunda planta de un edificio con vistas a la Gran Vía……., el ruido de los coches…., el murmullo de un sinfín de personas anónimas a las puertas del cine, al otro lado de la calle….., y el humo del cigarro disipándose en el aire al igual que él…….
La puntilla la dio la radio y cual broma macabra, como cantara el gran Sabina, empezó a destilar una canción de Eagles, “Hotel California”, esa canción que tantas veces bailaron y que fue la determinante para elegir ese lugar como punto de sus encuentros furtivos, sonó le

ntamente lacerando lo más profundo de su corazón, de sus ojos brotaron unas lágrimas desconsoladas, lloró y se sintió vivo, lloró y se sintió libre, lloró y dio gracias a la vida por haberle dado la oportunidad de conocer el amor verdadero, ese amor que hasta entonces pensaba sólo existía en la imaginación de escritores solitarios, lloró y dio gracias por haberla conocido.